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  外语解密学习法 逆读法(Reverse Reading Method)   解读法(Decode-Reading Method)训练范文 ——                 

    解密目标语言:西班牙语                                解密辅助语言:英语
                  Language to be decoded:  Spanish                  Auxiliary Language :  English  

  
 解密文本:
   《唐吉诃德》  [西班牙] 塞万提斯 原著 
   
    

                                                      
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
de  Miguel de Cervantes Saavedra
Primera Parte:  Capítulo 4 
  
    

       

                                                    
                    Don Quixote             
                  by Miguel de Cervantes    
 
             Volume I :    Chapter 4

    
 

Contents                                                    
Volume I :  Ch1 · Ch2 · Ch3 · Ch4 · Ch5  · Ch6 · Ch7 · Ch8 · Ch9 · Ch10 · Ch11 · Ch12 · Ch13 · Ch14 · Ch15 · Ch16 · Ch17 · Ch18 · Ch19 · Ch20 · Ch21 · Ch22 ·  Ch23 · Ch24 · Ch25 · Ch26 · Ch27                     Ch28 · Ch29 · Ch30 · Ch31 · Ch32 · Ch33 · Ch34 · Ch35 · Ch36 · Ch37 · Ch38 · Ch39 · Ch40 · Ch41 · Ch42 · Ch43 · Ch44 · Ch45 · Ch46 · Ch47 · Ch48 · Ch49 · Ch50 · Ch51 · Ch52 .
Volume II

    
                                                      
        西汉对照(Spansih & Chinese)                                    西英对照(Spanish & English)                               英汉对照(English & Chinese)
    
 
 



                                        IV

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.

No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:

-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.

Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo.

Porque decía:

-La lengua queda y los ojos listos.

Y el muchacho respondía:

-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez; y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.

Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:

-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenía una lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua-, que yo os haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.

El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:

-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada día me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.

-¿"Miente", delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.

El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban setenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había hecho -y aún no había jurado nada-, que no eran tantos, porque se le habían de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado y un real de dos sangrías que le habían hecho estando enfermo.

-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os debe nada.

-El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.

-¿Irme yo con él? -dijo el muchacho-. Mas, ¡mal año! No, señor, ni por pienso; porque, en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.

-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.

-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.

-Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.

-Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?

-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.

-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.

Y, en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos. Siguióle el labrador con los ojos, y, cuando vio que había traspuesto del bosque y que ya no parecía, volvióse a su criado Andrés y díjole:

-Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dejó mandado.

-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!

-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.

Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.

-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades.

Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.

Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:

-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.

En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la imaginación las encrucejadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál camino de aquéllos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.

Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo:

-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.

Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estraña figura del que las decía; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:

-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís; mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.

-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.

-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.

-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-; no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora.

Y, en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queriéndose levantar, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:

-¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido.

Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, llegándose a él, tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.

Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo, y no era posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.


 


                                   IV

Day was dawning when Don Quixote quitted the inn, so happy, so gay, so exhilarated at finding himself now dubbed a knight, that his joy was like to burst his horse-girths. However, recalling the advice of his host as to the requisites he ought to carry with him, especially that referring to money and shirts, he determined to go home and provide himself with all, and also with a squire, for he reckoned upon securing a farm-labourer, a neighbour of his, a poor man with a family, but very well qualified for the office of squire to a knight. With this object he turned his horse's head towards his village, and Rocinante, thus reminded of his old quarters, stepped out so briskly that he hardly seemed to tread the earth.

He had not gone far, when out of a thicket on his right there seemed to come feeble cries as of some one in distress, and the instant he heard them he exclaimed, "Thanks be to heaven for the favour it accords me, that it so soon offers me an opportunity of fulfilling the obligation I have undertaken, and gathering the fruit of my ambition. These cries, no doubt, come from some man or woman in want of help, and needing my aid and protection;" and wheeling, he turned Rocinante in the direction whence the cries seemed to proceed. He had gone but a few paces into the wood, when he saw a mare tied to an oak, and tied to another, and stripped from the waist upwards, a youth of about fifteen years of age, from whom the cries came. Nor were they without cause, for a lusty farmer was flogging him with a belt and following up every blow with scoldings and commands, repeating, "Your mouth shut and your eyes open!" while the youth made answer, "I won't do it again, master mine; by God's passion I won't do it again, and I'll take more care of the flock another time."

Seeing what was going on, Don Quixote said in an angry voice, "Discourteous knight, it ill becomes you to assail one who cannot defend himself; mount your steed and take your lance" (for there was a lance leaning against the oak to which the mare was tied), "and I will make you know that you are behaving as a coward." The farmer, seeing before him this figure in full armour brandishing a lance over his head, gave himself up for dead, and made answer meekly, "Sir Knight, this youth that I am chastising is my servant, employed by me to watch a flock of sheep that I have hard by, and he is so careless that I lose one every day, and when I punish him for his carelessness and knavery he says I do it out of niggardliness, to escape paying him the wages I owe him, and before God, and on my soul, he lies."

"Lies before me, base clown!" said Don Quixote. "By the sun that shines on us I have a mind to run you through with this lance. Pay him at once without another word; if not, by the God that rules us I will make an end of you, and annihilate you on the spot; release him instantly."





The farmer hung his head, and without a word untied his servant, of whom Don Quixote asked how much his master owed him.

He replied, nine months at seven reals a month. Don Quixote added it up, found that it came to sixty-three reals, and told the farmer to pay it down immediately, if he did not want to die for it.

The trembling clown replied that as he lived and by the oath he had sworn (though he had not sworn any) it was not so much; for there were to be taken into account and deducted three pairs of shoes he had given him, and a real for two blood-lettings when he was sick.

"All that is very well," said Don Quixote; "but let the shoes and the blood-lettings stand as a setoff against the blows you have given him without any cause; for if he spoiled the leather of the shoes you paid for, you have damaged that of his body, and if the barber took blood from him when he was sick, you have drawn it when he was sound; so on that score he owes you nothing."

"The difficulty is, Sir Knight, that I have no money here; let Andres come home with me, and I will pay him all, real by real."

"I go with him!" said the youth. "Nay, God forbid! No, senor, not for the world; for once alone with me, he would ray me like a Saint Bartholomew."

"He will do nothing of the kind," said Don Quixote; "I have only to command, and he will obey me; and as he has sworn to me by the order of knighthood which he has received, I leave him free, and I guarantee the payment."

"Consider what you are saying, senor," said the youth; "this master of mine is not a knight, nor has he received any order of knighthood; for he is Juan Haldudo the Rich, of Quintanar."

"That matters little," replied Don Quixote; "there may be Haldudos knights; moreover, everyone is the son of his works."

"That is true," said Andres; "but this master of mine--of what works is he the son, when he refuses me the wages of my sweat and labour?"

"I do not refuse, brother Andres," said the farmer, "be good enough to come along with me, and I swear by all the orders of knighthood there are in the world to pay you as I have agreed, real by real, and perfumed."

"For the perfumery I excuse you," said Don Quixote; "give it to him in reals, and I shall be satisfied; and see that you do as you have sworn; if not, by the same oath I swear to come back and hunt you out and punish you; and I shall find you though you should lie closer than a lizard. And if you desire to know who it is lays this command upon you, that you be more firmly bound to obey it, know that I am the valorous Don Quixote of La Mancha, the undoer of wrongs and injustices; and so, God be with you, and keep in mind what you have promised and sworn under those penalties that have been already declared to you."

So saying, he gave Rocinante the spur and was soon out of reach. The farmer followed him with his eyes, and when he saw that he had cleared the wood and was no longer in sight, he turned to his boy Andres, and said, "Come here, my son, I want to pay you what I owe you, as that undoer of wrongs has commanded me."

"My oath on it," said Andres, "your worship will be well advised to obey the command of that good knight--may he live a thousand years--for, as he is a valiant and just judge, by Roque, if you do not pay me, he will come back and do as he said."

"My oath on it, too," said the farmer; "but as I have a strong affection for you, I want to add to the debt in order to add to the payment;" and seizing him by the arm, he tied him up again, and gave him such a flogging that he left him for dead.

"Now, Master Andres," said the farmer, "call on the undoer of wrongs; you will find he won't undo that, though I am not sure that I have quite done with you, for I have a good mind to flay you alive." But at last he untied him, and gave him leave to go look for his judge in order to put the sentence pronounced into execution.

Andres went off rather down in the mouth, swearing he would go to look for the valiant Don Quixote of La Mancha and tell him exactly what had happened, and that all would have to be repaid him sevenfold; but for all that, he went off weeping, while his master stood laughing.

Thus did the valiant Don Quixote right that wrong, and, thoroughly satisfied with what had taken place, as he considered he had made a very happy and noble beginning with his knighthood, he took the road towards his village in perfect self-content, saying in a low voice, "Well mayest thou this day call thyself fortunate above all on earth, O Dulcinea del Toboso, fairest of the fair! since it has fallen to thy lot to hold subject and submissive to thy full will and pleasure a knight so renowned as is and will be Don Quixote of La Mancha, who, as all the world knows, yesterday received the order of knighthood, and hath to-day righted the greatest wrong and grievance that ever injustice conceived and cruelty perpetrated: who hath to-day plucked the rod from the hand of yonder ruthless oppressor so wantonly lashing that tender child."

He now came to a road branching in four directions, and immediately he was reminded of those cross-roads where knights-errant used to stop to consider which road they should take. In imitation of them he halted for a while, and after having deeply considered it, he gave Rocinante his head, submitting his own will to that of his hack, who followed out his first intention, which was to make straight for his own stable. After he had gone about two miles Don Quixote perceived a large party of people, who, as afterwards appeared, were some Toledo traders, on their way to buy silk at Murcia. There were six of them coming along under their sunshades, with four servants mounted, and three muleteers on foot. Scarcely had Don Quixote descried them when the fancy possessed him that this must be some new adventure; and to help him to imitate as far as he could those passages he had read of in his books, here seemed to come one made on purpose, which he resolved to attempt. So with a lofty bearing and determination he fixed himself firmly in his stirrups, got his lance ready, brought his buckler before his breast, and planting himself in the middle of the road, stood waiting the approach of these knights-errant, for such he now considered and held them to be; and when they had come near enough to see and hear, he exclaimed with a haughty gesture, "All the world stand, unless all the world confess that in all the world there is no maiden fairer than the Empress of La Mancha, the peerless Dulcinea del Toboso."

The traders halted at the sound of this language and the sight of the strange figure that uttered it, and from both figure and language at once guessed the craze of their owner; they wished, however, to learn quietly what was the object of this confession that was demanded of them, and one of them, who was rather fond of a joke and was very sharp-witted, said to him, "Sir Knight, we do not know who this good lady is that you speak of; show her to us, for, if she be of such beauty as you suggest, with all our hearts and without any pressure we will confess the truth that is on your part required of us."

"If I were to show her to you," replied Don Quixote, "what merit would you have in confessing a truth so manifest? The essential point is that without seeing her you must believe, confess, affirm, swear, and defend it; else ye have to do with me in battle, ill-conditioned, arrogant rabble that ye are; and come ye on, one by one as the order of knighthood requires, or all together as is the custom and vile usage of your breed, here do I bide and await you relying on the justice of the cause I maintain."

"Sir Knight," replied the trader, "I entreat your worship in the name of this present company of princes, that, to save us from charging our consciences with the confession of a thing we have never seen or heard of, and one moreover so much to the prejudice of the Empresses and Queens of the Alcarria and Estremadura, your worship will be pleased to show us some portrait of this lady, though it be no bigger than a grain of wheat; for by the thread one gets at the ball, and in this way we shall be satisfied and easy, and you will be content and pleased; nay, I believe we are already so far agreed with you that even though her portrait should show her blind of one eye, and distilling vermilion and sulphur from the other, we would nevertheless, to gratify your worship, say all in her favour that you desire."

"She distils nothing of the kind, vile rabble," said Don Quixote, burning with rage, "nothing of the kind, I say, only ambergris and civet in cotton; nor is she one-eyed or humpbacked, but straighter than a Guadarrama spindle: but ye must pay for the blasphemy ye have uttered against beauty like that of my lady."

And so saying, he charged with levelled lance against the one who had spoken, with such fury and fierceness that, if luck had not contrived that Rocinante should stumble midway and come down, it would have gone hard with the rash trader. Down went Rocinante, and over went his master, rolling along the ground for some distance; and when he tried to rise he was unable, so encumbered was he with lance, buckler, spurs, helmet, and the weight of his old armour; and all the while he was struggling to get up he kept saying, "Fly not, cowards and caitiffs! stay, for not by my fault, but my horse's, am I stretched here."

One of the muleteers in attendance, who could not have had much good nature in him, hearing the poor prostrate man blustering in this style, was unable to refrain from giving him an answer on his ribs; and coming up to him he seized his lance, and having broken it in pieces, with one of them he began so to belabour our Don Quixote that, notwithstanding and in spite of his armour, he milled him like a measure of wheat. His masters called out not to lay on so hard and to leave him alone, but the muleteers blood was up, and he did not care to drop the game until he had vented the rest of his wrath, and gathering up the remaining fragments of the lance he finished with a discharge upon the unhappy victim, who all through the storm of sticks that rained on him never ceased threatening heaven, and earth, and the brigands, for such they seemed to him. At last the muleteer was tired, and the traders continued their journey, taking with them matter for talk about the poor fellow who had been cudgelled. He when he found himself alone made another effort to rise; but if he was unable when whole and sound, how was he to rise after having been thrashed and well-nigh knocked to pieces? And yet he esteemed himself fortunate, as it seemed to him that this was a regular knight-errant's mishap, and entirely, he considered, the fault of his horse. However, battered in body as he was, to rise was beyond his power.


 

 
 

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