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  外语解密学习法 逆读法(Reverse Reading Method)   解读法(Decode-Reading Method)训练范文 ——                 

    解密目标语言:西班牙语                                解密辅助语言:英语
                  Language to be decoded:  Spanish                  Auxiliary Language :  English  

  
 解密文本:
   《唐吉诃德》  [西班牙] 塞万提斯 原著 
   
    

                                                      
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
de  Miguel de Cervantes Saavedra
Primera Parte:  Capítulo 5
  
    

       

                                                    
                    Don Quixote             
                  by Miguel de Cervantes    
 
             Volume I :    Chapter 5

    
 

Contents                                                    
Volume I :  Ch1 · Ch2 · Ch3 · Ch4 · Ch5  · Ch6 · Ch7 · Ch8 · Ch9 · Ch10 · Ch11 · Ch12 · Ch13 · Ch14 · Ch15 · Ch16 · Ch17 · Ch18 · Ch19 · Ch20 · Ch21 · Ch22 ·  Ch23 · Ch24 · Ch25 · Ch26 · Ch27                     Ch28 · Ch29 · Ch30 · Ch31 · Ch32 · Ch33 · Ch34 · Ch35 · Ch36 · Ch37 · Ch38 · Ch39 · Ch40 · Ch41 · Ch42 · Ch43 · Ch44 · Ch45 · Ch46 · Ch47 · Ch48 · Ch49 · Ch50 · Ch51 · Ch52 .
Volume II

    
                                                      
        西汉对照(Spansih & Chinese)                                    西英对照(Spanish & English)                               英汉对照(English & Chinese)
    
 
 



                                        V

Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos; y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque:

-¿Donde estás, señora mía, que no te duele mi mal? O no lo sabes, señora, o eres falsa y desleal.

Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen:

-¡Oh noble marqués de Mantua, mi tío y señor carnal!

Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era el marqués de Mantua, su tío; y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.

El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:

-Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a vuestra merced desta suerte?

Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas, hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en aquel punto, olvidándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:

-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el mundo.

A esto respondió el labrador:

-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-; y sé que puedo ser no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías.

En estas pláticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:

-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se llamaba el cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de mí!, que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha.

La sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:

-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.

-Esto digo yo también -dijo el cura-, y a fee que no se pase el día de mañana sin que dellos no se haga acto público y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.

Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino; y así, comenzó a decir a voces:

-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que viene malferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.

A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. Él dijo:

-Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.

-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el ama-, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!

Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.

-¡Ta, ta! -dijo el cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo los queme mañana antes que llegue la noche.

Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho; que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don Quijote.


 


                                   V

Finding, then, that, in fact he could not move, he thought himself of having recourse to his usual remedy, which was to think of some passage in his books, and his craze brought to his mind that about Baldwin and the Marquis of Mantua, when Carloto left him wounded on the mountain side, a story known by heart by the children, not forgotten by the young men, and lauded and even believed by the old folk; and for all that not a whit truer than the miracles of Mahomet. This seemed to him to fit exactly the case in which he found himself, so, making a show of severe suffering, he began to roll on the ground and with feeble breath repeat the very words which the wounded knight of the wood is said to have uttered:

Where art thou, lady mine, that thou My sorrow dost not rue? Thou canst not know it, lady mine, Or else thou art untrue.

And so he went on with the ballad as far as the lines:

O noble Marquis of Mantua, My Uncle and liege lord!

As chance would have it, when he had got to this line there happened to come by a peasant from his own village, a neighbour of his, who had been with a load of wheat to the mill, and he, seeing the man stretched there, came up to him and asked him who he was and what was the matter with him that he complained so dolefully.

Don Quixote was firmly persuaded that this was the Marquis of Mantua, his uncle, so the only answer he made was to go on with his ballad, in which he told the tale of his misfortune, and of the loves of the Emperor's son and his wife all exactly as the ballad sings it.

The peasant stood amazed at hearing such nonsense, and relieving him of the visor, already battered to pieces by blows, he wiped his face, which was covered with dust, and as soon as he had done so he recognised him and said, "Senor Quixada" (for so he appears to have been called when he was in his senses and had not yet changed from a quiet country gentleman into a knight-errant), "who has brought your worship to this pass?" But to all questions the other only went on with his ballad.

Seeing this, the good man removed as well as he could his breastplate and backpiece to see if he had any wound, but he could perceive no blood nor any mark whatever. He then contrived to raise him from the ground, and with no little difficulty hoisted him upon his ass, which seemed to him to be the easiest mount for him; and collecting the arms, even to the splinters of the lance, he tied them on Rocinante, and leading him by the bridle and the ass by the halter he took the road for the village, very sad to hear what absurd stuff Don Quixote was talking.

Nor was Don Quixote less so, for what with blows and bruises he could not sit upright on the ass, and from time to time he sent up sighs to heaven, so that once more he drove the peasant to ask what ailed him. And it could have been only the devil himself that put into his head tales to match his own adventures, for now, forgetting Baldwin, he bethought himself of the Moor Abindarraez, when the Alcaide of Antequera, Rodrigo de Narvaez, took him prisoner and carried him away to his castle; so that when the peasant again asked him how he was and what ailed him, he gave him for reply the same words and phrases that the captive Abindarraez gave to Rodrigo de Narvaez, just as he had read the story in the "Diana" of Jorge de Montemayor where it is written, applying it to his own case so aptly that the peasant went along cursing his fate that he had to listen to such a lot of nonsense; from which, however, he came to the conclusion that his neighbour was mad, and so made all haste to reach the village to escape the wearisomeness of this harangue of Don Quixote's; who, at the end of it, said, "Senor Don Rodrigo de Narvaez, your worship must know that this fair Xarifa I have mentioned is now the lovely Dulcinea del Toboso, for whom I have done, am doing, and will do the most famous deeds of chivalry that in this world have been seen, are to be seen, or ever shall be seen."

To this the peasant answered, "Senor--sinner that I am!--cannot your worship see that I am not Don Rodrigo de Narvaez nor the Marquis of Mantua, but Pedro Alonso your neighbour, and that your worship is neither Baldwin nor Abindarraez, but the worthy gentleman Senor Quixada?"

"I know who I am," replied Don Quixote, "and I know that I may be not only those I have named, but all the Twelve Peers of France and even all the Nine Worthies, since my achievements surpass all that they have done all together and each of them on his own account."

With this talk and more of the same kind they reached the village just as night was beginning to fall, but the peasant waited until it was a little later that the belaboured gentleman might not be seen riding in such a miserable trim. When it was what seemed to him the proper time he entered the village and went to Don Quixote's house, which he found all in confusion, and there were the curate and the village barber, who were great friends of Don Quixote, and his housekeeper was saying to them in a loud voice, "What does your worship think can have befallen my master, Senor Licentiate Pero Perez?" for so the curate was called; "it is three days now since anything has been seen of him, or the hack, or the buckler, lance, or armour. Miserable me! I am certain of it, and it is as true as that I was born to die, that these accursed books of chivalry he has, and has got into the way of reading so constantly, have upset his reason; for now I remember having often heard him saying to himself that he would turn knight-errant and go all over the world in quest of adventures. To the devil and Barabbas with such books, that have brought to ruin in this way the finest understanding there was in all La Mancha!"

The niece said the same, and, more: "You must know, Master Nicholas"--for that was the name of the barber--"it was often my uncle's way to stay two days and nights together poring over these unholy books of misventures, after which he would fling the book away and snatch up his sword and fall to slashing the walls; and when he was tired out he would say he had killed four giants like four towers; and the sweat that flowed from him when he was weary he said was the blood of the wounds he had received in battle; and then he would drink a great jug of cold water and become calm and quiet, saying that this water was a most precious potion which the sage Esquife, a great magician and friend of his, had brought him. But I take all the blame upon myself for never having told your worships of my uncle's vagaries, that you might put a stop to them before things had come to this pass, and burn all these accursed books--for he has a great number--that richly deserve to be burned like heretics."

"So say I too," said the curate, "and by my faith to-morrow shall not pass without public judgment upon them, and may they be condemned to the flames lest they lead those that read to behave as my good friend seems to have behaved."

All this the peasant heard, and from it he understood at last what was the matter with his neighbour, so he began calling aloud, "Open, your worships, to Senor Baldwin and to Senor the Marquis of Mantua, who comes badly wounded, and to Senor Abindarraez, the Moor, whom the valiant Rodrigo de Narvaez, the Alcaide of Antequera, brings captive."

At these words they all hurried out, and when they recognised their friend, master, and uncle, who had not yet dismounted from the ass because he could not, they ran to embrace him.

"Hold!" said he, "for I am badly wounded through my horse's fault; carry me to bed, and if possible send for the wise Urganda to cure and see to my wounds."

"See there! plague on it!" cried the housekeeper at this: "did not my heart tell the truth as to which foot my master went lame of? To bed with your worship at once, and we will contrive to cure you here without fetching that Hurgada. A curse I say once more, and a hundred times more, on those books of chivalry that have brought your worship to such a pass."

They carried him to bed at once, and after searching for his wounds could find none, but he said they were all bruises from having had a severe fall with his horse Rocinante when in combat with ten giants, the biggest and the boldest to be found on earth.

"So, so!" said the curate, "are there giants in the dance? By the sign of the Cross I will burn them to-morrow before the day over."

They put a host of questions to Don Quixote, but his only answer to all was--give him something to eat, and leave him to sleep, for that was what he needed most. They did so, and the curate questioned the peasant at great length as to how he had found Don Quixote. He told him, and the nonsense he had talked when found and on the way home, all which made the licentiate the more eager to do what he did the next day, which was to summon his friend the barber, Master Nicholas, and go with him to Don Quixote's house.


 

 
 

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