网站首页 (Homepage)                       欢   迎   访   问  谢  国  芳 (Roy  Xie) 的  个  人  主  页                    返回 (Return)
                    
Welcome to Roy  Xie's Homepage                   

                                                      
 


——
  外语解密学习法 逆读法(Reverse Reading Method)   解读法(Decode-Reading Method)训练范文 ——                 

    解密目标语言:西班牙语                                解密辅助语言:英语
                  Language to be decoded:  Spanish                  Auxiliary Language :  English  

  
 解密文本:
   《唐吉诃德》  [西班牙] 塞万提斯 原著 
   
    

                                                      
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
de  Miguel de Cervantes Saavedra
Primera Parte:  Capítulo VII 
  
    

       

                                                    
                    Don Quixote             
                  by Miguel de Cervantes    
 
             Volume I :    Chapter 8

    
 

Contents                                                    
Volume I : 
Ch1 · Ch2 · Ch3 · Ch4 · Ch5  · Ch6 · Ch7 · Ch8 · Ch9 · Ch10 · Ch11 · Ch12 · Ch13 · Ch14 · Ch15 · Ch16 · Ch17 · Ch18 · Ch19 · Ch20 · Ch21 · Ch22 ·  Ch23 · Ch24 · Ch25 · Ch26 · Ch27                     Ch28 · Ch29 · Ch30 · Ch31 · Ch32 · Ch33 · Ch34 · Ch35 · Ch36 · Ch37 · Ch38 · Ch39 · Ch40 · Ch41 · Ch42 · Ch43 · Ch44 · Ch45 · Ch46 · Ch47 · Ch48 · Ch49 · Ch50 · Ch51 · Ch52 .
Volume II

    
                                                      
        西汉对照(Spansih & Chinese)                                    西英对照(Spanish & English)                               英汉对照(English & Chinese)
    
 



                                        VIII

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear, porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.

Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y, diciéndoselo a su escudero, le dijo:

-Yo me acuerdo haber leído que un caballero español, llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus decendientes se llamaron, desde aquel día en adelante, Vargas y Machuca.

Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aquél, que me imagino y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.

-Así es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.

-Si eso es así, no tengo yo qué replicar -respondió Sancho-, pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.

No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con ella; que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y, en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.

En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho Panza, que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la llevó toda; y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que, muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes; y afligiósele el corazón, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.

-Aquí -dijo, en viéndole, don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero.

-Por cierto, señor -respondió Sancho-, que vuestra merced sea muy bien obedicido en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que, en lo que tocare a defender mi persona, no tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.

-No digo yo menos -respondió don Quijote-; pero, en esto de ayudarme contra caballeros, has de tener a raya tus naturales ímpetus.

-Digo que así lo haré -respondió Sancho-, y que guardaré ese preceto tan bien como el día del domingo.

Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrás dellos venía un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas, apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:

-O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto; porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser, y son sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.

-Peor será esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.

-Ya te he dicho, Sancho -respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.

Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:

-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.

Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:

-Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.

-Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla -dijo don Quijote.

Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba.

Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y, cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto; y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.

Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole:

-La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis recebido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.

Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno; el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, desta manera:

-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno.

Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:

-Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.

A lo cual replicó el vizcaíno:

-¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas!

Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes que mira si otra dices cosa.

-¡Ahora lo veredes, dijo Agrajes! -respondió don Quijote.

Y, arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:

-¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla!

El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un golpe solo.

El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó de hacer lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte; que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso.

Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno, con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.

Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte.

 

 

                                   VIII

At this point they came in sight of thirty forty windmills that there are on plain, and as soon as Don Quixote saw them he said to his squire, "Fortune is arranging matters for us better than we could have shaped our desires ourselves, for look there, friend Sancho Panza, where thirty or more monstrous giants present themselves, all of whom I mean to engage in battle and slay, and with whose spoils we shall begin to make our fortunes; for this is righteous warfare, and it is God's good service to sweep so evil a breed from off the face of the earth."

"What giants?" said Sancho Panza.

"Those thou seest there," answered his master, "with the long arms, and some have them nearly two leagues long."

"Look, your worship," said Sancho; "what we see there are not giants but windmills, and what seem to be their arms are the sails that turned by the wind make the millstone go."

"It is easy to see," replied Don Quixote, "that thou art not used to this business of adventures; those are giants; and if thou art afraid, away with thee out of this and betake thyself to prayer while I engage them in fierce and unequal combat."

So saying, he gave the spur to his steed Rocinante, heedless of the cries his squire Sancho sent after him, warning him that most certainly they were windmills and not giants he was going to attack. He, however, was so positive they were giants that he neither heard the cries of Sancho, nor perceived, near as he was, what they were, but made at them shouting, "Fly not, cowards and vile beings, for a single knight attacks you."

A slight breeze at this moment sprang up, and the great sails began to move, seeing which Don Quixote exclaimed, "Though ye flourish more arms than the giant Briareus, ye have to reckon with me."

So saying, and commending himself with all his heart to his lady Dulcinea, imploring her to support him in such a peril, with lance in rest and covered by his buckler, he charged at Rocinante's fullest gallop and fell upon the first mill that stood in front of him; but as he drove his lance-point into the sail the wind whirled it round with such force that it shivered the lance to pieces, sweeping with it horse and rider, who went rolling over on the plain, in a sorry condition. Sancho hastened to his assistance as fast as his ass could go, and when he came up found him unable to move, with such a shock had Rocinante fallen with him.

"God bless me!" said Sancho, "did I not tell your worship to mind what you were about, for they were only windmills? and no one could have made any mistake about it but one who had something of the same kind in his head."

"Hush, friend Sancho," replied Don Quixote, "the fortunes of war more than any other are liable to frequent fluctuations; and moreover I think, and it is the truth, that that same sage Friston who carried off my study and books, has turned these giants into mills in order to rob me of the glory of vanquishing them, such is the enmity he bears me; but in the end his wicked arts will avail but little against my good sword."

"God order it as he may," said Sancho Panza, and helping him to rise got him up again on Rocinante, whose shoulder was half out; and then, discussing the late adventure, they followed the road to Puerto Lapice, for there, said Don Quixote, they could not fail to find adventures in abundance and variety, as it was a great thoroughfare. For all that, he was much grieved at the loss of his lance, and saying so to his squire, he added, "I remember having read how a Spanish knight, Diego Perez de Vargas by name, having broken his sword in battle, tore from an oak a ponderous bough or branch, and with it did such things that day, and pounded so many Moors, that he got the surname of Machuca, and he and his descendants from that day forth were called Vargas y Machuca. I mention this because from the first oak I see I mean to rend such another branch, large and stout like that, with which I am determined and resolved to do such deeds that thou mayest deem thyself very fortunate in being found worthy to come and see them, and be an eyewitness of things that will with difficulty be believed."

"Be that as God will," said Sancho, "I believe it all as your worship says it; but straighten yourself a little, for you seem all on one side, may be from the shaking of the fall."

"That is the truth," said Don Quixote, "and if I make no complaint of the pain it is because knights-errant are not permitted to complain of any wound, even though their bowels be coming out through it."

"If so," said Sancho, "I have nothing to say; but God knows I would rather your worship complained when anything ailed you. For my part, I confess I must complain however small the ache may be; unless this rule about not complaining extends to the squires of knights-errant also."

Don Quixote could not help laughing at his squire's simplicity, and he assured him he might complain whenever and however he chose, just as he liked, for, so far, he had never read of anything to the contrary in the order of knighthood.

Sancho bade him remember it was dinner-time, to which his master answered that he wanted nothing himself just then, but that he might eat when he had a mind. With this permission Sancho settled himself as comfortably as he could on his beast, and taking out of the alforjas what he had stowed away in them, he jogged along behind his master munching deliberately, and from time to time taking a pull at the bota with a relish that the thirstiest tapster in Malaga might have envied; and while he went on in this way, gulping down draught after draught, he never gave a thought to any of the promises his master had made him, nor did he rate it as hardship but rather as recreation going in quest of adventures, however dangerous they might be. Finally they passed the night among some trees, from one of which Don Quixote plucked a dry branch to serve him after a fashion as a lance, and fixed on it the head he had removed from the broken one. All that night Don Quixote lay awake thinking of his lady Dulcinea, in order to conform to what he had read in his books, how many a night in the forests and deserts knights used to lie sleepless supported by the memory of their mistresses. Not so did Sancho Panza spend it, for having his stomach full of something stronger than chicory water he made but one sleep of it, and, if his master had not called him, neither the rays of the sun beating on his face nor all the cheery notes of the birds welcoming the approach of day would have had power to waken him. On getting up he tried the bota and found it somewhat less full than the night before, which grieved his heart because they did not seem to be on the way to remedy the deficiency readily. Don Quixote did not care to break his fast, for, as has been already said, he confined himself to savoury recollections for nourishment.

They returned to the road they had set out with, leading to Puerto Lapice, and at three in the afternoon they came in sight of it. "Here, brother Sancho Panza," said Don Quixote when he saw it, "we may plunge our hands up to the elbows in what they call adventures; but observe, even shouldst thou see me in the greatest danger in the world, thou must not put a hand to thy sword in my defence, unless indeed thou perceivest that those who assail me are rabble or base folk; for in that case thou mayest very properly aid me; but if they be knights it is on no account permitted or allowed thee by the laws of knighthood to help me until thou hast been dubbed a knight."

"Most certainly, senor," replied Sancho, "your worship shall be fully obeyed in this matter; all the more as of myself I am peaceful and no friend to mixing in strife and quarrels: it is true that as regards the defence of my own person I shall not give much heed to those laws, for laws human and divine allow each one to defend himself against any assailant whatever."

"That I grant," said Don Quixote, "but in this matter of aiding me against knights thou must put a restraint upon thy natural impetuosity."

"I will do so, I promise you," answered Sancho, "and will keep this precept as carefully as Sunday."

While they were thus talking there appeared on the road two friars of the order of St. Benedict, mounted on two dromedaries, for not less tall were the two mules they rode on. They wore travelling spectacles and carried sunshades; and behind them came a coach attended by four or five persons on horseback and two muleteers on foot. In the coach there was, as afterwards appeared, a Biscay lady on her way to Seville, where her husband was about to take passage for the Indies with an appointment of high honour. The friars, though going the same road, were not in her company; but the moment Don Quixote perceived them he said to his squire, "Either I am mistaken, or this is going to be the most famous adventure that has ever been seen, for those black bodies we see there must be, and doubtless are, magicians who are carrying off some stolen princess in that coach, and with all my might I must undo this wrong."

"This will be worse than the windmills," said Sancho. "Look, senor; those are friars of St. Benedict, and the coach plainly belongs to some travellers: I tell you to mind well what you are about and don't let the devil mislead you."

"I have told thee already, Sancho," replied Don Quixote, "that on the subject of adventures thou knowest little. What I say is the truth, as thou shalt see presently."

So saying, he advanced and posted himself in the middle of the road along which the friars were coming, and as soon as he thought they had come near enough to hear what he said, he cried aloud, "Devilish and unnatural beings, release instantly the highborn princesses whom you are carrying off by force in this coach, else prepare to meet a speedy death as the just punishment of your evil deeds."

The friars drew rein and stood wondering at the appearance of Don Quixote as well as at his words, to which they replied, "Senor Caballero, we are not devilish or unnatural, but two brothers of St. Benedict following our road, nor do we know whether or not there are any captive princesses coming in this coach."

"No soft words with me, for I know you, lying rabble," said Don Quixote, and without waiting for a reply he spurred Rocinante and with levelled lance charged the first friar with such fury and determination, that, if the friar had not flung himself off the mule, he would have brought him to the ground against his will, and sore wounded, if not killed outright. The second brother, seeing how his comrade was treated, drove his heels into his castle of a mule and made off across the country faster than the wind.

Sancho Panza, when he saw the friar on the ground, dismounting briskly from his ass, rushed towards him and began to strip off his gown. At that instant the friars muleteers came up and asked what he was stripping him for. Sancho answered them that this fell to him lawfully as spoil of the battle which his lord Don Quixote had won. The muleteers, who had no idea of a joke and did not understand all this about battles and spoils, seeing that Don Quixote was some distance off talking to the travellers in the coach, fell upon Sancho, knocked him down, and leaving hardly a hair in his beard, belaboured him with kicks and left him stretched breathless and senseless on the ground; and without any more delay helped the friar to mount, who, trembling, terrified, and pale, as soon as he found himself in the saddle, spurred after his companion, who was standing at a distance looking on, watching the result of the onslaught; then, not caring to wait for the end of the affair just begun, they pursued their journey making more crosses than if they had the devil after them.

Don Quixote was, as has been said, speaking to the lady in the coach: "Your beauty, lady mine," said he, "may now dispose of your person as may be most in accordance with your pleasure, for the pride of your ravishers lies prostrate on the ground through this strong arm of mine; and lest you should be pining to know the name of your deliverer, know that I am called Don Quixote of La Mancha, knight-errant and adventurer, and captive to the peerless and beautiful lady Dulcinea del Toboso: and in return for the service you have received of me I ask no more than that you should return to El Toboso, and on my behalf present yourself before that lady and tell her what I have done to set you free."

One of the squires in attendance upon the coach, a Biscayan, was listening to all Don Quixote was saying, and, perceiving that he would not allow the coach to go on, but was saying it must return at once to El Toboso, he made at him, and seizing his lance addressed him in bad Castilian and worse Biscayan after his fashion, "Begone, caballero, and ill go with thee; by the God that made me, unless thou quittest coach, slayest thee as art here a Biscayan."

Don Quixote understood him quite well, and answered him very quietly, "If thou wert a knight, as thou art none, I should have already chastised thy folly and rashness, miserable creature." To which the Biscayan returned, "I no gentleman!--I swear to God thou liest as I am Christian: if thou droppest lance and drawest sword, soon shalt thou see thou art carrying water to the cat: Biscayan on land, hidalgo at sea, hidalgo at the devil, and look, if thou sayest otherwise thou liest."

"'"You will see presently," said Agrajes,'" replied Don Quixote; and throwing his lance on the ground he drew his sword, braced his buckler on his arm, and attacked the Biscayan, bent upon taking his life.

The Biscayan, when he saw him coming on, though he wished to dismount from his mule, in which, being one of those sorry ones let out for hire, he had no confidence, had no choice but to draw his sword; it was lucky for him, however, that he was near the coach, from which he was able to snatch a cushion that served him for a shield; and they went at one another as if they had been two mortal enemies. The others strove to make peace between them, but could not, for the Biscayan declared in his disjointed phrase that if they did not let him finish his battle he would kill his mistress and everyone that strove to prevent him. The lady in the coach, amazed and terrified at what she saw, ordered the coachman to draw aside a little, and set herself to watch this severe struggle, in the course of which the Biscayan smote Don Quixote a mighty stroke on the shoulder over the top of his buckler, which, given to one without armour, would have cleft him to the waist. Don Quixote, feeling the weight of this prodigious blow, cried aloud, saying, "O lady of my soul, Dulcinea, flower of beauty, come to the aid of this your knight, who, in fulfilling his obligations to your beauty, finds himself in this extreme peril." To say this, to lift his sword, to shelter himself well behind his buckler, and to assail the Biscayan was the work of an instant, determined as he was to venture all upon a single blow. The Biscayan, seeing him come on in this way, was convinced of his courage by his spirited bearing, and resolved to follow his example, so he waited for him keeping well under cover of his cushion, being unable to execute any sort of manoeuvre with his mule, which, dead tired and never meant for this kind of game, could not stir a step.

On, then, as aforesaid, came Don Quixote against the wary Biscayan, with uplifted sword and a firm intention of splitting him in half, while on his side the Biscayan waited for him sword in hand, and under the protection of his cushion; and all present stood trembling, waiting in suspense the result of blows such as threatened to fall, and the lady in the coach and the rest of her following were making a thousand vows and offerings to all the images and shrines of Spain, that God might deliver her squire and all of them from this great peril in which they found themselves. But it spoils all, that at this point and crisis the author of the history leaves this battle impending, giving as excuse that he could find nothing more written about these achievements of Don Quixote than what has been already set forth. It is true the second author of this work was unwilling to believe that a history so curious could have been allowed to fall under the sentence of oblivion, or that the wits of La Mancha could have been so undiscerning as not to preserve in their archives or registries some documents referring to this famous knight; and this being his persuasion, he did not despair of finding the conclusion of this pleasant history, which, heaven favouring him, he did find in a way that shall be related in the Second Part.

 
 

                                     只看西班牙语(Spanish Only)
            
                                   只看英语(English Only)                                               只看汉语(Chinese Only)




  网站首页 (Homepage)                                   前页(Previous Page)                                         下页(Next Page)                                返回 (Return)

 

 

       分类:          国芳多语对照文库 >> 西班牙语-英语-汉语 >> 塞万提斯 >> 长篇小说      
     Categories:  Xie's Multilingual Corpus >> Spanish-English-Chinese >> Cervantes >> Long Novel                                                  
    

 

 

                                 
                       Copyright © 2001-2012 by Guofang Xie.    All Rights Reserved. 

          谢国芳(Roy Xie)版权所有  © 2001-2012.   一切权利保留。
浙ICP备11050697号